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María Antonieta Cámpoli le adorna el cuerpo a la venezolana Tenía apenas 16 años y estudiaba el último curso de bachillerato cuando me quitaron las medias tobilleras y me pusieron un traje largo, pestañas postizas y un peluquín para participar en el Miss Venezuela. Con esas palabras describe su recuerdo María Antonieta Cámpoli Prisco (Nueva Esparta), quien el 22 de julio de 1972 se convirtió en la máxima representante de la belleza local, cuando los sencillos certámenes -aunque televisados, en vivo y extensos- contrastaban con la bonanza económica del país. Esa noche, el teatro La Campiña no sólo fue escenario de un desfile de 23 señoritas, más bajas y no tan esbeltas como en la actualidad, sino también hizo las veces de plaza pública donde un grupo de feministas, estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV), interrumpieron el evento para alzar su voz en contra de que las muchachas expusieran su cuerpo así en público como si fuera una venta de carne. Fueron minutos de tensión, rememora María Antonieta, para quien concursar tenía otra connotación: era una ilusión... ser Miss Venezuela en esa época era muchísimo; era importantísimo. Con algo de vanidad comenta que ella no debió someterse a ninguna reconstrucción facial ni corporal, no sólo porque no la necesitara sino también porque en aquel entonces las cirugías plásticas estaban prohibidas; si tenías cicatrices simplemente no concursabas, afirmó María Antonieta. Apenas cuatro meses antes del certamen, se inscribió y recibió la preparación que se impartía, basada en dietas no tan estrictas y una rutina de ejercicios opcional, que ella cumplía a medias, pues, en realidad, su figura era casi perfecta: sus medidas eran 90-59-90, su peso 60 kilos y su estatura 1,70 metros. Tras ganarle por dos puntos de diferencia a dos compañeras que eran muy lindas, Amalia Heller y Marilyn Plessmann, ocurrió algo curioso y doloroso para María Antonieta. Tan pronto fue coronada, el público presente en la sala, conformado básicamente por familiares de las participantes, puso en duda su nacionalidad gritándole: ¡italiana, italiana...!, lo que generó que representantes del evento investigaran en Extranjería el lugar de nacimiento de María Antonieta. Una vez solucionado y olvidado el asunto, María Antonieta partió a Puerto Rico para concursar en el Miss Universo, donde quedó de segunda finalista. Ese año, la codiciada banda se la llevó Kerry Anne Wells, una preciosa australiana de 23 años de edad, de 1,88 metros, pelirroja natural y de ojos morados como los de Liz Taylor. Como recompensa por haberse convertido en la joven más hermosa del país, María Antonieta recibió como obsequios un Camaro amarillo último modelo, el cual fue manejado por su padre hasta que alcanzó la mayoría de edad, y dos mil bolívares que para esa época eran bastante pues con el dólar a 4,30 eran como 500 dólares. Durante su año de reinado hizo diversas obras sociales y viajó a varios países de Centroamérica, invitada por los gobernantes de turno. Además, apareció en infinidad de comerciales, actuó en tres novelas -junto a Lupita Ferrer y José Bardina-, trabajó en dos películas y permaneció tres años sobre las tablas con una obra de teatro. Aún adolescente, María Antonieta comenzó a estudiar Ciencias Políticas en la universidad pero abandonó la carrera porque se enamoró. A los 20 años se casó y decidió alejarse de los medios y dejar de ser una mujer con vida pública para consagrarse a su hogar. Hace cinco años atrás, luego del fallecimiento de su padre, creó la Fundación para Dializados Luis Cámpoli con la intención de ayudar a las personas de escasos recursos que sufren de los riñones. Hoy en día, María Antonieta vuelve a relacionarse, de alguna manera, con el mundo del que formó parte y del que guarda agradables recuerdos. Actualmente es diseñadora de trajes de baño -bikinis y enteros- porque estamos en un país tropical y como aquí hay tantas mujeres bonitas me dediqué a eso: a adornarle el cuerpo a la venezolana... y yo creo que pueden gustar... ¿La marca? No puede ser otra sino Cámpoli, su renombrado apellido.
Texto: Mariana Caprile Bolívar
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